El 31 de diciembre de 1691 el jesuita de las Islas Canarias, José de Arce, llegaba a la región habitada por los originarios piñocas, de lengua chiquita, que vivían en los entornos del actual pueblo de San Xavier. Desde este modo iniciaba una experiencia singular en el oriente boliviano, multiple en sus dimensiones humanas y muy rica de expresiones sociales, culturales y religiosas. Era el comienzo de una verdadera experiencia de encuentro intercultural, con los matíces propios de la época colonial, y prácticamente única durante el siglo XVIII en las actuales tierras bajas del oriente boliviano.
Los 76 años de presencia jesuítica en las Reducciones de Chiquitos (1691-1767) representaron no sólo un momento de reestructuración o reelaboración social, cultural y religiosa entre los propios originarios y con los misioneros jesuitas europeos, sino un tiempo de verdadera creación simbólica, de fundación de una nueva cultura, que supo armonizar sus múltiples diversidades a partir de las coordenadas comunes de respeto a lo diferente (personal, social, cultural...) y sobre la base de la apertura al misterio de lo nuevo, de lo desconocido, de lo sagrado.
Esta experiencia reduccional vivida por los originarios de la antigua región de Chiquitos se caracterizó fundamentalmente por asumir el riesgo de lo nuevo en todas sus dimensiones y facetas, con la confianza plena de la posibilidad de construir nuevas relaciones interpersonales, nuevas expresiones culturales, nuevas experiencias religiosas. Este horizonte simbólico integrador, propio de muchos pueblos indígenas no sólo de las tierras bajas americanas, sintonizó vivencialmente con el estilo de vida de los misioneros jesuitas que llegaron hasta aquellas tierras. Así, las aspiraciones profundas de los nativos (radicalmente diversos entre sí) encuentran una respuesta en la vida concreta de los religiosos (también muy diversos).
El aprecio mutuo y la confianza recíproca producen de inmediato el trabajo conjunto en la creación de una nueva cultura. De este modo surge lo que podría denominarse la "Cultura chiquitana".
Tanto Chiquitanos como los europeos compartían una visión religiosa del cosmos, una apertura al universo religioso, que se expresaba en el ritmo de la vida cotidiana y en múltiples dimensiones personales y sociales. La sintonía cósmica y apertura a lo sagrado, propia de los originarios, permitieron a su vez la sintonía y apertura al hombre y a la mujer, colocando así la dignidad humana en una esfera también sagrada. Es precisamente esta centralidad de la persona humana como sagrada, aportación propia del cristianismo, que funda la ética humana, social y cósmica. De modo que el trabajo personal y comunitario, las expresiones religiosas y actividades artísticas como la arquitectura, el tallado, la música, la pintura... no son sino manifestaciones visibles de una creación intercultural, que tiene como base la experiencia profunda de lo sacro vivida en la Chiquitanía.
Por este motivo el "Círculo Intercultural" ha visto por conveniente publicar estas experiencias de interculturalidad, esperando puedan servir de motivación a los/as lectores/as no sólo a visitar las antiguas misiones que hoy siguen muy vivas, sino a comprometerse en la construcción de verdaderas personas, familias, comunidades, regiones y estados interculturales.
Por el Círculo Intercultural,
Roberto Tomichá
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